Palabra ausente. Conciencia despierta. Boca cerrada. Pensamientos cautivos. Locura, academia, ciudad. Una mezcla rara, presa de la selva de cemento. Lo sé, lo sé, lo sé.
En Buenos Aires, aún.
c i u d a d c a z a d o r a
Un relato de amor, los cuerpos y la urbe
jueves 23 de abril de 2009
miércoles 21 de mayo de 2008
La carta inédita que no se publicó
Madre amada:
Te cuento que cuando colgué contigo me dio una nostalgia infinita, pero por fortuna me duró poco. En medio de todo, sentí que una misma forja ciertas libertades que luego pesan, eso de sentir que una anda por el mundo, sin la emoción constante y la presencia de ustedes, me hace sentir muy sola. Pero no te preocupes, creo que fue una reacción propia de estas fiestas y también les agradezco que me quieran como soy, así como medio desprendida, creo que ya se "bancan" que no sea la que más se comunica, la que más está pendiente. Igual, tu sabes que te amo mucho, que siempre en mis experiencias de una u otra forma estás presente. Bueno, íbamos en que colgué contigo. Luego llamé a mi padre y a Andriu. A mi padre lo noté como regañón, quiere que lo llame cada dos días -Está loco- yo entiendo que se preocupe, y yo le digo a todo que sí, tú sabes, pero no, ni que fuese una niña de 15 años. A Andriu no lo encontré, le dejé un mensajito. Hubiese querido hablar con Viryi pero, igual, no sé su nuevo número de celu. Al colgar me fui a arreglar y nos fuimos a comer algo rico.
La noche del 31:
A Cusco llegaron unos amigos de Iván y nos fuimos los cuatro a comer algo. Comimos pizza, era como lo más barato y práctico que había. Hablando mierda, nos dieron las 11:45 y salimos a La Plaza de Armas. Mamá, era una cosa impresionante. La plaza llena, absolutamente, llena de extranjeros, de todos lados del mundo, pero los que más abundaban eran los argentinos, japoneses y brasileros. Ahí todos, en grupitos con licor para brindar, pólvora y más polvora, cohetes. Los minutos iban corriendo y la euforia era una cosa que irradiaba hasta el infinito. Las campanas de la torre empezaron a tocar y la pólvora aumentó. Cusqueños y no empezaron a darse el abrazo correspondiente. La gente vendía collares Hawaianos amarillos, gafas fluorescentes que traían el 2008, calzones amarillos, gorros de carnaval, alas doradas, cerpentinas, confetí. Todo el mundo lleno de estas cosas, y una vez dieron las doce, el pueblo estallaba de alegría. Una vez pasó el abrazo, todo el mundo salió a correr al rededor de la plaza, con maletas (aquella tradición de creer que haciendo esto se viaja todo el año) y comparsas de personas, de todo, gente hasta de un solo ojo, cohetes de todas las formas, colores y tamaños y petacas y más petacas. En cuanto a mi, observaba todo con una fascinación única. Los abrazos que a mi correspondieron fueron muy fríos. Los argentinos se creen bajados de otro planeta y todo es como demasiado bárbaro, cosa que medio me enfadó, pero la verdad me importó tan poco! Por mi parte disfruté como nunca. Luego nos fuimos a una rumba que quedaba diagonal a la plaza. En dos horas se llenó y el ambiente más loco no podía ser. Muy bacano, muy aquelarre, muy ritual al tiempo. Nunca imaginé un fin de año tan especial. Pensé en ustedes, pedí mil deseos y seguí mi noche. A las tres y media estaba más que cansada. Ese fue el día en el que fui a Machu Pichu y creo que desde allá me quedó el corazón apachurrado, sentí tantas cosas juntas, tantas sensaciones. Tanta naturaleza me aturdió. Eros y tanathos al tiempo. Lloraba de felicidad, de tristeza, de todo. Me parecía mentira estar ahí. Pensaba mucho en el Che.
Eso como que me revolvió el día entero. Al otro día me desperté a las 10 y 30 a.m. Entre Iván y yo decidimos salir ese mismo día para La Paz. Fue un día extraño, aún no me quería ir, pero era cierto que ya era hora de partir. Así que fuimos a comprar los pasajes, visitamos un barrio bellísimo que se llama San Blas. A las 10 y 30 de la noche estábamos en el bus, saliendo de la terminal de Cusco, rumbo a La Paz.
Hoy:
El viaje duró 12 horas. No te imaginas lo que significa ver cómo el paisaje se transforma. Una no sabría exactamente si se degrada o se riega como tonalidades de arco iris y simplemente cambia de matices. Lo que sí sucede es que todo se torna más pintoresco. El paisaje de madrugada: el lago Titicaca, esparcido, pasivo. Te cuento, la excursión al lago se puede hacer desde cualquiera de los dos países: Perú: Puno; o Bolivia: Copacabana. Decidimos que iríamos primero a La Paz y luego hacemos, de salida, la del Titicaca. Así que las últimas cinco horas del viaje, apareció a lo lejos el límite acuático entre los dos países pero sólo a través de la ventana. Viajando he recordado tanto las clases de geografía del colegio. Definitivamente nada cobra más vida como cuando se palpan los paisajes. Parte de ignorar lo nuestro, es la capacidad que tenemos para vivir sin conocer, opinar haciendo juicios generales.
En la frontera me pasó algo casual. Tipo 7 de la mañana, me encontraba en el municipio de aguados. Llovía. Con ese ritmo lento, propio de las precipitaciones temporales, que no mojan de inmediato pero que con paciencia logran cambiar el paisaje. Poco a poco el asfalto mostró sus curvas y su defectuosa construcción. Sin embargo, sin inmutarse, muchos niños en la calle ofrecían un transporte en bicicleta, como el de la masamorra. El transporte consistía en cruzar el puente de aguadas, que es la frontera. En un lateral del transporte decía: Transporte autorizado para cruzar la frontera. Los niños, con sonrisas secas nos miraban sin hablar. La lluvia parecía no existir. Un brasilero que hacía la fila conmigo, le hablaba, lo saludaba y ellos, con esa expresión tan propia del indígena, escondían tras su rostro todo lo que sienten. Me pregunto ¿qué pensarán? creo que es un paisaje muy conocido por ellos, hace parte de la rutina diaria, como lo es el mismo lago. En esas bicicletas transportaban sobre todo mujeres indígenas, que con su telar envuelto como maleta, cargan niños y sus cosas en general. Veo a muchas indígenas en esas. Pocos hombres. La fila avanza y la aduana no es más que cubículos de madera improvisados. Huele a húmedo revuelto con sudor. Los policías con rostros indígenas, la piel del color del sol, dientes calzados con Plata u Oro. La salida de Perú fue sencilla aunque incómoda. La fila se hacía por fuera y en medio de la lluvia, todos íbamos notando cómo la cultura se vuelve cada vez más espontánea, más silvestre, menos organizada, menos racional, más enigmática, más arraigada, más mágica, incluso. Pasamos la frontera caminando, con el pasaporte en mano y ganas de continuar. Al llegar a Bolivia, es decir, del puente pa´allá, el paisaje tenía más acento militar y policíaco. Oficina 2: me envían a la 1. En la uno miran mi pasaporte y exclaman sin sorpresa, más bien con malicia: ¡colombiana!. Los miré y antes había visto pasar a los extranjeros sin ningún problema. Excepto los norteamericanos, que debían pagar 100 dólares para entrar al país y además, se debían someter a un interrogatorio que buscaba averiguar a qué hotel llegaban, sustentar económicamente 400 dólares diarios, ¡mínimo! para estar en el país y fuera de eso, tener impecable el pasaporte. Todos hacían una cara increíble. Me encantó ver cómo los molestaban para entrar a una frontera de indígenas. Hasta que me llegó el turno - ¡Colombiana! - "Tiene que sacarle fotocopia a su pasaporte". Enseguida dije :¡¿En dónde?! - . Eran las 7 de la mañana y todo estaba cerrado alrededor. Sin siquiera reparar, me dice: "le toca volver a Perú". Empezaba a sentir el peso que significa ser de un país como el mío. Sin irme, un poco asombrada pregunté: ¿Por qué? - "Usted sabe, a los ecuatorianos y a los colombianos les pedimos esto porque ...usted sabe, tienen problemas". ¡¿Problemas?!, vida hijuemadre y quién no los tiene?????. Me despedí diciéndole: ¡Todos tenemos problemas! ... "¡Es una lástima que aquello del pueblo y la unión latinoamericana de Evo y Chávez sólo sea de boca para afuera!". El tipo me miró y los que hacían la fila me aplaudieron, salí y en la puerta pregunté a un nene de unos 9 años, en dónde podía conseguir una fotocopiadora. "En Perú...Yo trabajo aquí, yo se la saco, deme el pasaporte", me dijo. Lo miré fijamente, no sé por qué, pero creí en él. Le entregué mi pasaporte y salí a ver cómo se perdía a lo lejos. Fueron los minutos más largos del mundo. Cinco minutos y el niño no aparecía. Me vi llorando, sin pasaporte y en esa estación de aduana por siempre. Sin embargo, cuando la angustia me podía, vi cómo el chico aparecía en medio de la lluvia, corriendo, protegiendo mi pasaporte y la fotocopia dentro de su chaqueta. " - Son 50 céntimos de soles señorita- ", me dice. Lo abracé y le dije: ¡¡¡¡muchas gracias, mi amor!!!!; los niños que estaban alrededor de él se reían. Pablo, que así se llamaba, se río también. Sin explicarle nada de mi angustia le dí todas las monedas de soles que me quedaban y fui de nuevo a la oficina 1. El policía, sin mirarme los revisó y me mandó de nuevo a la oficina 2. De nuevo la expresión de los policías, "Colombiana". Hice una gran sonrisa y dije: "sí, orgullosamente". Se rieron. Acto seguido -" ¿y cón quién viaja?" -con un argentino- "ahh, con un argentino lo hace?" - "¿Qué? ¿Hacer qué?!!!" - dije. Se ríen y me dicen: "pero tiene que pasear con un boliviano". Sonreí como quién no quiere. Mientras se burlaban a costa de la colombiana. Veo cómo levanta la mano con esas ínfulas del mismísimo poder, toma el sello y lo estampa en la hoja número 10 de mi pasaporte. El sello es, ¡Por fin!, la entrada misma -"30 días"-. Ufff!!! salgo medio indignada. Iván, quien me esperaba, decía "pero...¿ por qué te toco hacer todo eso?. Pues, porque soy colombiana!!! " - le digo. " - Bueno, Diana, son las reglas del juego - ". Estando en el bus, miré a través de la ventana y le dije, en medio de nada: "sí, es cierto, son las reglas del juego, pero no por eso deja de doler".
La Paz.
Llegamos al medio día. Un terminal bien parecido a mi modo de ver. La entrada de la ciudad es increíble, se pasea por toda una montaña que muestra la magnitud citadina. Evo presente en el camino. Grafitis que confirman el apoyo que hay, por lo menos en La Paz. Eso me gusta, me siento viva. 15 minutos de ciudad y llegamos al terminal. De llegada, íbamos a "ojo cerrado" a un hostel que vimos en internet. Tú sabes madre, que hay que preguntar primero. Así que después de asesorarme muy bien cuánto costaba el pasaje en taxi y cuánto tiempo demorábamos para llegar "A la plaza Murillo", tomamos la ruta. Al llegar, la fachada causó muy poca confianza, timbramos unas cinco veces y no nos abrieron. Decidimos caminar en busca de otro hospedaje, que por fortuna quedaba a la vuelta....y a que no adivinas qué???? Llegamos al "mega - hostel". Barato. Para mochileros, pero no te miento mamá es un palacio. Es una casa de esas viejas del centro, tipo mansión. Además que es bellísimo. Eso sí, lleno de gringos.
La cuestión es que aquí todo es muy económico, demasiado diría yo. Estoy encantada con el lugar. Tiene tres pisos. En el segundo, además de habitaciones, tiene un salón central. En el hay una barra hermosa, con productos para que una se sirva: café, té, pan, mantequilla, mermelada, azúcar. En el fondo un televisor pantalla plana, gigante. Al otro lado sillas y mesas altas. Música: Jazz. El salón es rojo, de paredes alfombradas, espejos con marcos dorados, cuadros de obras de arte. Muy lindo. Y así es todo el lugar.
Llegamos, descargamos y salimos rumbo a recorrer las plazas cercanas. Almorcé y luego, de venida, me puse a escribir y a cargar más fotos vía internet. En la noche, a que no adivinas??? casí veo a Evo en una reunión de asenso de militares. Fui a ver toda la movida y al final no salió. Decidí irme. Mañana voy temprano al palacio de gobierno, ya que se puede visitar sólo los jueves en la mañana. ¿Qué te digo de mi primera impresión? Es una ciudad muy pobre. Llegué a un sector central. Como el centro de Cali, haz de cuenta. Es aquí en donde empiezo a observar cómo los latinoamericanos somos aún seres escindidos, conflictuados entre la ciudad y la naturaleza, ambivalentes. Una herida que sangra. La mayoría, eso sí, son indígenas. Veo mucha pobreza, pero no más que en Colombia. Aún me falta visitar muchísimo. Madre amada, desde Bolivia te cuento que estoy muy bien, me siento así como el nombre de esta ciudad. Dejándome sorprender, pero no te puedo mentir, la piel del continente está un poco curtida, dolida, maltratada, como siempre y desde siempre y eso duele porque genera muchas preguntas, ofrece pocas respuestas y la incertidumbre parece crecer en vez de menguar. ¿Qué se puede hacer?... no paro de cuestionarme.
Te amo, DIANA.
Enero 3 de 2008
La Paz, Bolivia.
Te cuento que cuando colgué contigo me dio una nostalgia infinita, pero por fortuna me duró poco. En medio de todo, sentí que una misma forja ciertas libertades que luego pesan, eso de sentir que una anda por el mundo, sin la emoción constante y la presencia de ustedes, me hace sentir muy sola. Pero no te preocupes, creo que fue una reacción propia de estas fiestas y también les agradezco que me quieran como soy, así como medio desprendida, creo que ya se "bancan" que no sea la que más se comunica, la que más está pendiente. Igual, tu sabes que te amo mucho, que siempre en mis experiencias de una u otra forma estás presente. Bueno, íbamos en que colgué contigo. Luego llamé a mi padre y a Andriu. A mi padre lo noté como regañón, quiere que lo llame cada dos días -Está loco- yo entiendo que se preocupe, y yo le digo a todo que sí, tú sabes, pero no, ni que fuese una niña de 15 años. A Andriu no lo encontré, le dejé un mensajito. Hubiese querido hablar con Viryi pero, igual, no sé su nuevo número de celu. Al colgar me fui a arreglar y nos fuimos a comer algo rico.
La noche del 31:
A Cusco llegaron unos amigos de Iván y nos fuimos los cuatro a comer algo. Comimos pizza, era como lo más barato y práctico que había. Hablando mierda, nos dieron las 11:45 y salimos a La Plaza de Armas. Mamá, era una cosa impresionante. La plaza llena, absolutamente, llena de extranjeros, de todos lados del mundo, pero los que más abundaban eran los argentinos, japoneses y brasileros. Ahí todos, en grupitos con licor para brindar, pólvora y más polvora, cohetes. Los minutos iban corriendo y la euforia era una cosa que irradiaba hasta el infinito. Las campanas de la torre empezaron a tocar y la pólvora aumentó. Cusqueños y no empezaron a darse el abrazo correspondiente. La gente vendía collares Hawaianos amarillos, gafas fluorescentes que traían el 2008, calzones amarillos, gorros de carnaval, alas doradas, cerpentinas, confetí. Todo el mundo lleno de estas cosas, y una vez dieron las doce, el pueblo estallaba de alegría. Una vez pasó el abrazo, todo el mundo salió a correr al rededor de la plaza, con maletas (aquella tradición de creer que haciendo esto se viaja todo el año) y comparsas de personas, de todo, gente hasta de un solo ojo, cohetes de todas las formas, colores y tamaños y petacas y más petacas. En cuanto a mi, observaba todo con una fascinación única. Los abrazos que a mi correspondieron fueron muy fríos. Los argentinos se creen bajados de otro planeta y todo es como demasiado bárbaro, cosa que medio me enfadó, pero la verdad me importó tan poco! Por mi parte disfruté como nunca. Luego nos fuimos a una rumba que quedaba diagonal a la plaza. En dos horas se llenó y el ambiente más loco no podía ser. Muy bacano, muy aquelarre, muy ritual al tiempo. Nunca imaginé un fin de año tan especial. Pensé en ustedes, pedí mil deseos y seguí mi noche. A las tres y media estaba más que cansada. Ese fue el día en el que fui a Machu Pichu y creo que desde allá me quedó el corazón apachurrado, sentí tantas cosas juntas, tantas sensaciones. Tanta naturaleza me aturdió. Eros y tanathos al tiempo. Lloraba de felicidad, de tristeza, de todo. Me parecía mentira estar ahí. Pensaba mucho en el Che.
Eso como que me revolvió el día entero. Al otro día me desperté a las 10 y 30 a.m. Entre Iván y yo decidimos salir ese mismo día para La Paz. Fue un día extraño, aún no me quería ir, pero era cierto que ya era hora de partir. Así que fuimos a comprar los pasajes, visitamos un barrio bellísimo que se llama San Blas. A las 10 y 30 de la noche estábamos en el bus, saliendo de la terminal de Cusco, rumbo a La Paz.
Hoy:
El viaje duró 12 horas. No te imaginas lo que significa ver cómo el paisaje se transforma. Una no sabría exactamente si se degrada o se riega como tonalidades de arco iris y simplemente cambia de matices. Lo que sí sucede es que todo se torna más pintoresco. El paisaje de madrugada: el lago Titicaca, esparcido, pasivo. Te cuento, la excursión al lago se puede hacer desde cualquiera de los dos países: Perú: Puno; o Bolivia: Copacabana. Decidimos que iríamos primero a La Paz y luego hacemos, de salida, la del Titicaca. Así que las últimas cinco horas del viaje, apareció a lo lejos el límite acuático entre los dos países pero sólo a través de la ventana. Viajando he recordado tanto las clases de geografía del colegio. Definitivamente nada cobra más vida como cuando se palpan los paisajes. Parte de ignorar lo nuestro, es la capacidad que tenemos para vivir sin conocer, opinar haciendo juicios generales.
En la frontera me pasó algo casual. Tipo 7 de la mañana, me encontraba en el municipio de aguados. Llovía. Con ese ritmo lento, propio de las precipitaciones temporales, que no mojan de inmediato pero que con paciencia logran cambiar el paisaje. Poco a poco el asfalto mostró sus curvas y su defectuosa construcción. Sin embargo, sin inmutarse, muchos niños en la calle ofrecían un transporte en bicicleta, como el de la masamorra. El transporte consistía en cruzar el puente de aguadas, que es la frontera. En un lateral del transporte decía: Transporte autorizado para cruzar la frontera. Los niños, con sonrisas secas nos miraban sin hablar. La lluvia parecía no existir. Un brasilero que hacía la fila conmigo, le hablaba, lo saludaba y ellos, con esa expresión tan propia del indígena, escondían tras su rostro todo lo que sienten. Me pregunto ¿qué pensarán? creo que es un paisaje muy conocido por ellos, hace parte de la rutina diaria, como lo es el mismo lago. En esas bicicletas transportaban sobre todo mujeres indígenas, que con su telar envuelto como maleta, cargan niños y sus cosas en general. Veo a muchas indígenas en esas. Pocos hombres. La fila avanza y la aduana no es más que cubículos de madera improvisados. Huele a húmedo revuelto con sudor. Los policías con rostros indígenas, la piel del color del sol, dientes calzados con Plata u Oro. La salida de Perú fue sencilla aunque incómoda. La fila se hacía por fuera y en medio de la lluvia, todos íbamos notando cómo la cultura se vuelve cada vez más espontánea, más silvestre, menos organizada, menos racional, más enigmática, más arraigada, más mágica, incluso. Pasamos la frontera caminando, con el pasaporte en mano y ganas de continuar. Al llegar a Bolivia, es decir, del puente pa´allá, el paisaje tenía más acento militar y policíaco. Oficina 2: me envían a la 1. En la uno miran mi pasaporte y exclaman sin sorpresa, más bien con malicia: ¡colombiana!. Los miré y antes había visto pasar a los extranjeros sin ningún problema. Excepto los norteamericanos, que debían pagar 100 dólares para entrar al país y además, se debían someter a un interrogatorio que buscaba averiguar a qué hotel llegaban, sustentar económicamente 400 dólares diarios, ¡mínimo! para estar en el país y fuera de eso, tener impecable el pasaporte. Todos hacían una cara increíble. Me encantó ver cómo los molestaban para entrar a una frontera de indígenas. Hasta que me llegó el turno - ¡Colombiana! - "Tiene que sacarle fotocopia a su pasaporte". Enseguida dije :¡¿En dónde?! - . Eran las 7 de la mañana y todo estaba cerrado alrededor. Sin siquiera reparar, me dice: "le toca volver a Perú". Empezaba a sentir el peso que significa ser de un país como el mío. Sin irme, un poco asombrada pregunté: ¿Por qué? - "Usted sabe, a los ecuatorianos y a los colombianos les pedimos esto porque ...usted sabe, tienen problemas". ¡¿Problemas?!, vida hijuemadre y quién no los tiene?????. Me despedí diciéndole: ¡Todos tenemos problemas! ... "¡Es una lástima que aquello del pueblo y la unión latinoamericana de Evo y Chávez sólo sea de boca para afuera!". El tipo me miró y los que hacían la fila me aplaudieron, salí y en la puerta pregunté a un nene de unos 9 años, en dónde podía conseguir una fotocopiadora. "En Perú...Yo trabajo aquí, yo se la saco, deme el pasaporte", me dijo. Lo miré fijamente, no sé por qué, pero creí en él. Le entregué mi pasaporte y salí a ver cómo se perdía a lo lejos. Fueron los minutos más largos del mundo. Cinco minutos y el niño no aparecía. Me vi llorando, sin pasaporte y en esa estación de aduana por siempre. Sin embargo, cuando la angustia me podía, vi cómo el chico aparecía en medio de la lluvia, corriendo, protegiendo mi pasaporte y la fotocopia dentro de su chaqueta. " - Son 50 céntimos de soles señorita- ", me dice. Lo abracé y le dije: ¡¡¡¡muchas gracias, mi amor!!!!; los niños que estaban alrededor de él se reían. Pablo, que así se llamaba, se río también. Sin explicarle nada de mi angustia le dí todas las monedas de soles que me quedaban y fui de nuevo a la oficina 1. El policía, sin mirarme los revisó y me mandó de nuevo a la oficina 2. De nuevo la expresión de los policías, "Colombiana". Hice una gran sonrisa y dije: "sí, orgullosamente". Se rieron. Acto seguido -" ¿y cón quién viaja?" -con un argentino- "ahh, con un argentino lo hace?" - "¿Qué? ¿Hacer qué?!!!" - dije. Se ríen y me dicen: "pero tiene que pasear con un boliviano". Sonreí como quién no quiere. Mientras se burlaban a costa de la colombiana. Veo cómo levanta la mano con esas ínfulas del mismísimo poder, toma el sello y lo estampa en la hoja número 10 de mi pasaporte. El sello es, ¡Por fin!, la entrada misma -"30 días"-. Ufff!!! salgo medio indignada. Iván, quien me esperaba, decía "pero...¿ por qué te toco hacer todo eso?. Pues, porque soy colombiana!!! " - le digo. " - Bueno, Diana, son las reglas del juego - ". Estando en el bus, miré a través de la ventana y le dije, en medio de nada: "sí, es cierto, son las reglas del juego, pero no por eso deja de doler".
La Paz.
Llegamos al medio día. Un terminal bien parecido a mi modo de ver. La entrada de la ciudad es increíble, se pasea por toda una montaña que muestra la magnitud citadina. Evo presente en el camino. Grafitis que confirman el apoyo que hay, por lo menos en La Paz. Eso me gusta, me siento viva. 15 minutos de ciudad y llegamos al terminal. De llegada, íbamos a "ojo cerrado" a un hostel que vimos en internet. Tú sabes madre, que hay que preguntar primero. Así que después de asesorarme muy bien cuánto costaba el pasaje en taxi y cuánto tiempo demorábamos para llegar "A la plaza Murillo", tomamos la ruta. Al llegar, la fachada causó muy poca confianza, timbramos unas cinco veces y no nos abrieron. Decidimos caminar en busca de otro hospedaje, que por fortuna quedaba a la vuelta....y a que no adivinas qué???? Llegamos al "mega - hostel". Barato. Para mochileros, pero no te miento mamá es un palacio. Es una casa de esas viejas del centro, tipo mansión. Además que es bellísimo. Eso sí, lleno de gringos.
La cuestión es que aquí todo es muy económico, demasiado diría yo. Estoy encantada con el lugar. Tiene tres pisos. En el segundo, además de habitaciones, tiene un salón central. En el hay una barra hermosa, con productos para que una se sirva: café, té, pan, mantequilla, mermelada, azúcar. En el fondo un televisor pantalla plana, gigante. Al otro lado sillas y mesas altas. Música: Jazz. El salón es rojo, de paredes alfombradas, espejos con marcos dorados, cuadros de obras de arte. Muy lindo. Y así es todo el lugar.
Llegamos, descargamos y salimos rumbo a recorrer las plazas cercanas. Almorcé y luego, de venida, me puse a escribir y a cargar más fotos vía internet. En la noche, a que no adivinas??? casí veo a Evo en una reunión de asenso de militares. Fui a ver toda la movida y al final no salió. Decidí irme. Mañana voy temprano al palacio de gobierno, ya que se puede visitar sólo los jueves en la mañana. ¿Qué te digo de mi primera impresión? Es una ciudad muy pobre. Llegué a un sector central. Como el centro de Cali, haz de cuenta. Es aquí en donde empiezo a observar cómo los latinoamericanos somos aún seres escindidos, conflictuados entre la ciudad y la naturaleza, ambivalentes. Una herida que sangra. La mayoría, eso sí, son indígenas. Veo mucha pobreza, pero no más que en Colombia. Aún me falta visitar muchísimo. Madre amada, desde Bolivia te cuento que estoy muy bien, me siento así como el nombre de esta ciudad. Dejándome sorprender, pero no te puedo mentir, la piel del continente está un poco curtida, dolida, maltratada, como siempre y desde siempre y eso duele porque genera muchas preguntas, ofrece pocas respuestas y la incertidumbre parece crecer en vez de menguar. ¿Qué se puede hacer?... no paro de cuestionarme.
Te amo, DIANA.
Enero 3 de 2008
La Paz, Bolivia.
jueves 6 de marzo de 2008
Una tarde...en Baires, de vuelta
Hay, en la vida, noches repetidas como estas. En cualquier ciudad pasa que el amor se va, se esfuma. Y con su terrible y asombrosa partida uno no logra hallarse más solo porque no es posible. La soledad abarca todas las calles, todas las esquinas, todos los edificios, el obelisco, Av. Corrientes, La 9 de julio. Indiscutiblemente se trata de una soledad que no sabe a “bueno”, de una sensación que está a punto de hacernos colapsar. Y entonces ocurre lo peor, ese sentimiento de hallarse desamparado “sin asideros, sin pretextos” y por momentos, sobre todo en las tardes, pareciera que le robara el sentido y uno piensa que es mejor internarse al otro lado de la bodeguita del medio, en donde no existen la explicaciones, en donde la nada abunda y una pudiese quedarse ahí en un constante devenir. Nada nos consuela más que el llanto y caminar solito, tal como lo dice Calamaro.
Mientras camino creo que todas las ciudades pueden llegar a ser insoportables, finalmente aquello de que Cali es una ciudad que espera pero no le abre la puerta a los desesperados no le es singular. Buenos Aires es igual o peor. Esta tarde mientras llovía sistemáticamente cada 20 minutos, justo cuando la sombrilla se ha cerrado y el impermeable también, pensaba en la mierda que puede llegar a ser, en que cada ciudad es definible de acuerdo al amor que las transforma. Aún así algo pasó, mientras sentía que todo no podía estar peor, mi fiebre, mi dolor en el cuerpo, el no conseguir sitio, la familia lejos, Colombia enredado a más no poder, la soledad; sentí que si bien no es la primera vez que paso por un estado de desamparo total, si es de las pocas en donde creo que la vida está para ser vivida, disfrutada y por eso no va a durar mucho la depresión. Si las modelos caen en pasarela y no tienen otra opción que ponerse de pie, yo también, así la ilusión se marche, otra ha de volver, así las calles se transformen, volverá el amor por la ciudad, así esté sola, de nuevo volverán las personas a invadir mis días con su alegría, así la enemiga que también me habita insista en aguarme la fiesta, debe entender que poco a poco la iré domesticando.
Mientras camino creo que todas las ciudades pueden llegar a ser insoportables, finalmente aquello de que Cali es una ciudad que espera pero no le abre la puerta a los desesperados no le es singular. Buenos Aires es igual o peor. Esta tarde mientras llovía sistemáticamente cada 20 minutos, justo cuando la sombrilla se ha cerrado y el impermeable también, pensaba en la mierda que puede llegar a ser, en que cada ciudad es definible de acuerdo al amor que las transforma. Aún así algo pasó, mientras sentía que todo no podía estar peor, mi fiebre, mi dolor en el cuerpo, el no conseguir sitio, la familia lejos, Colombia enredado a más no poder, la soledad; sentí que si bien no es la primera vez que paso por un estado de desamparo total, si es de las pocas en donde creo que la vida está para ser vivida, disfrutada y por eso no va a durar mucho la depresión. Si las modelos caen en pasarela y no tienen otra opción que ponerse de pie, yo también, así la ilusión se marche, otra ha de volver, así las calles se transformen, volverá el amor por la ciudad, así esté sola, de nuevo volverán las personas a invadir mis días con su alegría, así la enemiga que también me habita insista en aguarme la fiesta, debe entender que poco a poco la iré domesticando.
jueves 24 de enero de 2008
miércoles 23 de enero de 2008
Life is real
Some people say that i\'m to open they say it\'s not good to let them no everything about me and they say one day they will use every little things against me but i don\'t mind maybe they\'re right that\'s just how it is and i got nothing to hide.i live my life the way i want i got nothing to hide nothing at all life is not a fairy tale life is about more cause life is real. i live my life the way i want i got nothing to hide nothing at all life is not a fairy tale life they should know taht life is real.A friend of mine gave me an advice he saiybe careful and think twice before you talk about your life protect yourself just keep quiet the more they know the harder they try to spoil your ways to spread lies and even though i know he could be right i just said i..i live my life the way i want i got nothing to hide nothing at all life is not a fairy tale life is about more cause life is real. i live my life the way i want i got nothing to hide nothing at all life is not a fairy tale life they should know taht life is real.Me i be ayo ogunmakin fear no foe i am real from head to toe just like my heart and my soul. Me i be ayo ogunmakin fear no foe i am real from head to toe like life is real and you should know. (2 fois)
Las noches de Cusco
Corría el segundo día del circuito turístico. Estaba un poco aburrida, la causa no era la ciudad, se trataba del 27 de diciembre, el pueblo en fiesta, estaba muy cansada, me sentía lejos de los míos y el fin de año se acercaba. En el día de hoy habíamos hecho el trayecto del city tour. Salimos a las 1:30 p.m y llegamos a las 6: p.m. Al llegar mi amigo se fue a dormir. Me fui a revisar internet, le dije que demoraba un poco más. Intuía que no podía contar con él para ir de rumba. Así que una vez me vi por fuera de aquella tienda ubicada en la Av. Del sol, la plaza me esperaba. Caminé, observé.
La Plaza de Armas de Cusco en las noches es muy bella, iluminada, casi majestuosa. Tiene una fuente central, en la que resaltan los colores de tonalidades verdes; noche a noche funcionan sus aguas que llenan el ambiente de un sonido natural, particular. La catedral, totalmente iluminada y los alrededores adornados con balcones españoles, coloniales y locales, mezcla de madera y adobe, recuerdan cuánta vida tiene la noche. Esta vez no deseaba un café, creo que empecé a sentir tristeza, pero era extraño, no se trataba de mi yo racional, se trataba del cuerpo. Era como si necesitara el ritmo en la sangre, como si me secara y poco a poco al perder energías sintiera desperdiciar la vida. Así que, sin pensarlo dos veces, me fui para uno de los lugares que destilaba el mejor ritmo ¡Salsa!. Javier si me había comentado que en La Plaza de Armas había muchos lugares para ir, que antes de las 11 p.m. enseñaban a bailar. Y no mintió. Al entrar a la disco Up town, vi a las parejas en círculo, bailando salsa cubana (¿Estás leyendo mi Ive? ¡Salsa Cubana!) No podía creerlo, una vez más confirmaba que en efecto me encontraba en el ombligo del mundo. Los profesores, nativos de Cusco, bailaban muy bien. Me senté en la barra y observé un buen rato a alemanas, francesas y mujeres de argentina, danzar el ritmo caribeño. Parecía como si hubiesen ido toda la semana porque realmente seguían los pasos sin perderse.
¡Una Cusqueña, por favor! Con el barman hice buenas migas de ipso facto. Me pregunta de dónde soy - ¡Colombiana!- Respondo. Me dice: Se nota ¡¡¡son muy lindas!!! (Si claro, el chamuyo característico) la cuestión es que el hombre tenía muy buena onda. Cuando dieron las once, se prendió una rumba increíble. El lugar estaba lleno a más no poder, personas de todo lado del mundo llegaban a disfrutar. La música no tenía nada que envidiarle a las mejores discotecas que he ido en distintas ciudades. Con dos cervecitas encima, me paré a bailar sola, o mejor dicho, bailando a lo lejos con el barman, que desde la barra levantaba su cerveza y brindaba conmigo.
No paraba de entrar y entrar personas, cuando de repente suena “En Barranquilla me quedo” ¡Me quería morir de la felicidad! Un muchacho que estaba diagonal mío extendió su mano indicando la petición ¿Bailamos? Y a que no adivinan ¡Bailaba espectacular! Hablé con Walter (Se llama igual que mi papá) Me cuenta que tiene 29 años, que trabaja en turismo, que él no se siente peruano sino cusqueño. Me dice que Perú es muy diferente, una zona y otra pueden ser totalmente opuestas. Y creo que tiene razón. La canción terminó, dudaba a más no poder. Había ido tal cual, con un saco negro, manga larga de lana y sin una blusa debajo que me permitiera descansar del calor. Pero como la cerveza hace de las suyas, al rato olvidé el calor y toda la posible incomodidad: me entregué al hedonismo de la noche, absolutamente satisfecha. Entre pausas musicales, Walter me dice que se va a otros lugares para ver cómo se comporta la rumba, me invita, pero no voy, el lugar me encantó.
De nuevo quedo sola. Pero más contenta que nunca. Suena reggueton, el cuerpo se me quiere desbaratar “Sale el soooooooool, cuerpo bronceado…” en esas, Carlos un chico venezolano que conocí ahí, me dice que si quiero estar con ellos. Se trata de Patricia y su enamorado, una pareja limeña, encantadora... Me gustó la idea y en realidad fue lo mejor. Me encontré cuerpo a cuerpo con un súper bailarín, usábamos los mismos códigos, es decir, disfrutar del baile sin lo que llamo “babosear”. Traducción: se puede dar rienda suelta al movimiento y al contacto, pero, sin que el otro crea que hay intensiones de más. El tipo la tenía clara. Me encantó, en medio de otro reggueton me dice: ¡Me parece que en Colombia bailan igual que en Venezuela! Le contesto: ¡Me parece que sí! Termina otra canción y suena “I’m to sexy for my love” un chico se sube en la barra, se quita la camisa y baila haciendo honor a la canción. Entre gritos y emoción, suena ahora “Pobre diabla se dice que se te ha visto por las calles vagando" Contagiada por la euforia, se sube una chica, el público entre gritos pide que se bese con el chico que ya estaba ahí y movidos por la fuerza, acceden . Sentía que estaba en una fiesta Entertainment Television. A cierta hora, con música,trago y ese ambiente, cualquier cosa podía pasar ¡y en realidad era así! el ambiente cada vez más troyano, más griego, más dionisiaco ¡brutal! Todo el bar danzaba el ritmo de los cuerpos en medio de sudor y placer, noche y caos, licor e inconciencia. Entre canción y canción, la pareja limeña me contó que eran economistas y que estaban de paseo. Se me presentaron como “Los enamorados”. En Perú, el enamorado, es el novio. Para ellos el novio es una relación que implica un poco más de compromiso, es decir que estaban en el primer estadio (en el mejor a mi modo de ver)
Empecé a mirar el reloj más que de costumbre, horas más tarde debía estar lista a las 6 a.m. El Valle Sagrado me esperaba y según Iván era fuerte la subida. 1:00 a.m. Irse en estos momentos era más que un sacrificio. Me dije “1/2 hora más”. Pronto caí en cuenta que eran las 2:00 a.m. Le digo a Carlos que me debo ir. Le cuento la razón y me dice que él no ha dormido nada, que no me va a dejar ir. Me río y sin voluntad, sigo bailando. Cuando estaba a punto de fugarme, suena nada más y nada menos que Cali Pachanguero. ¡No señores! ¡Esto ya no es posible! me devuelvo gritando, voy hacia donde Carlos – Peruano – limeño pero radicado hace mucho tiempo en Venezuela - me dice “¡Te ibas a ir cazadora!” Me río, le digo que esa canción es de mi ciudad y que por nada del mundo la voy a dejar de bailar, acto seguido sonó de La charanga habanera “Rosa Rosa, tu estás muy buena pa’ un choque e’ bolas”, y cómo mandada a pedir “A comer pastel, a comer lechón, arroz con gandule y a beber ron” . Total, me dieron las 3:00 a.m. Salí como la cenicienta, miré la hora, asustada, sin dejar rastro, sin comunicar la partida, huí.
Afuera llovía. Por las calles se escuchaba el eco musical de la noche, diversidad de fiestas confluían en el mismo espacio, pude disfrutar un tramo de la plaza con “Voy a salir a caminar solito, sentarme en un parque a fumar un porrito y mirar a las palomas comer, el pan que la gente les tira” Se trataba de Calamaro, a esa hora, él desde uno de los bares – pub se hacía presente en el centro del universo. Poco a poco me dejé empapar por la lluvia, caminé extasiada, sintiendo profundamente la noche. Al llegar al hostel, Iván se despierta, lo primero que me pregunta es – ¿Estás borracha? – No, sólo estoy contenta – le dije- . Acordate que en dos horas hay que levantarse – Me dice – ¡Como si no lo supiera! (pensé) Sin fuerzas, me acosté, muda, sin responder. A veces me parecía tan amargo como su equipo de fútbol: Vélez. Mientras que en la ciudad del Imperio Incaico, las horas que le quedaban a la madrugada me preparaban poco a poco para el gran día. ¡Por hoy, bienvenido seas espíritu del sueño!
La Plaza de Armas de Cusco en las noches es muy bella, iluminada, casi majestuosa. Tiene una fuente central, en la que resaltan los colores de tonalidades verdes; noche a noche funcionan sus aguas que llenan el ambiente de un sonido natural, particular. La catedral, totalmente iluminada y los alrededores adornados con balcones españoles, coloniales y locales, mezcla de madera y adobe, recuerdan cuánta vida tiene la noche. Esta vez no deseaba un café, creo que empecé a sentir tristeza, pero era extraño, no se trataba de mi yo racional, se trataba del cuerpo. Era como si necesitara el ritmo en la sangre, como si me secara y poco a poco al perder energías sintiera desperdiciar la vida. Así que, sin pensarlo dos veces, me fui para uno de los lugares que destilaba el mejor ritmo ¡Salsa!. Javier si me había comentado que en La Plaza de Armas había muchos lugares para ir, que antes de las 11 p.m. enseñaban a bailar. Y no mintió. Al entrar a la disco Up town, vi a las parejas en círculo, bailando salsa cubana (¿Estás leyendo mi Ive? ¡Salsa Cubana!) No podía creerlo, una vez más confirmaba que en efecto me encontraba en el ombligo del mundo. Los profesores, nativos de Cusco, bailaban muy bien. Me senté en la barra y observé un buen rato a alemanas, francesas y mujeres de argentina, danzar el ritmo caribeño. Parecía como si hubiesen ido toda la semana porque realmente seguían los pasos sin perderse.
¡Una Cusqueña, por favor! Con el barman hice buenas migas de ipso facto. Me pregunta de dónde soy - ¡Colombiana!- Respondo. Me dice: Se nota ¡¡¡son muy lindas!!! (Si claro, el chamuyo característico) la cuestión es que el hombre tenía muy buena onda. Cuando dieron las once, se prendió una rumba increíble. El lugar estaba lleno a más no poder, personas de todo lado del mundo llegaban a disfrutar. La música no tenía nada que envidiarle a las mejores discotecas que he ido en distintas ciudades. Con dos cervecitas encima, me paré a bailar sola, o mejor dicho, bailando a lo lejos con el barman, que desde la barra levantaba su cerveza y brindaba conmigo.
No paraba de entrar y entrar personas, cuando de repente suena “En Barranquilla me quedo” ¡Me quería morir de la felicidad! Un muchacho que estaba diagonal mío extendió su mano indicando la petición ¿Bailamos? Y a que no adivinan ¡Bailaba espectacular! Hablé con Walter (Se llama igual que mi papá) Me cuenta que tiene 29 años, que trabaja en turismo, que él no se siente peruano sino cusqueño. Me dice que Perú es muy diferente, una zona y otra pueden ser totalmente opuestas. Y creo que tiene razón. La canción terminó, dudaba a más no poder. Había ido tal cual, con un saco negro, manga larga de lana y sin una blusa debajo que me permitiera descansar del calor. Pero como la cerveza hace de las suyas, al rato olvidé el calor y toda la posible incomodidad: me entregué al hedonismo de la noche, absolutamente satisfecha. Entre pausas musicales, Walter me dice que se va a otros lugares para ver cómo se comporta la rumba, me invita, pero no voy, el lugar me encantó.
De nuevo quedo sola. Pero más contenta que nunca. Suena reggueton, el cuerpo se me quiere desbaratar “Sale el soooooooool, cuerpo bronceado…” en esas, Carlos un chico venezolano que conocí ahí, me dice que si quiero estar con ellos. Se trata de Patricia y su enamorado, una pareja limeña, encantadora... Me gustó la idea y en realidad fue lo mejor. Me encontré cuerpo a cuerpo con un súper bailarín, usábamos los mismos códigos, es decir, disfrutar del baile sin lo que llamo “babosear”. Traducción: se puede dar rienda suelta al movimiento y al contacto, pero, sin que el otro crea que hay intensiones de más. El tipo la tenía clara. Me encantó, en medio de otro reggueton me dice: ¡Me parece que en Colombia bailan igual que en Venezuela! Le contesto: ¡Me parece que sí! Termina otra canción y suena “I’m to sexy for my love” un chico se sube en la barra, se quita la camisa y baila haciendo honor a la canción. Entre gritos y emoción, suena ahora “Pobre diabla se dice que se te ha visto por las calles vagando" Contagiada por la euforia, se sube una chica, el público entre gritos pide que se bese con el chico que ya estaba ahí y movidos por la fuerza, acceden . Sentía que estaba en una fiesta Entertainment Television. A cierta hora, con música,trago y ese ambiente, cualquier cosa podía pasar ¡y en realidad era así! el ambiente cada vez más troyano, más griego, más dionisiaco ¡brutal! Todo el bar danzaba el ritmo de los cuerpos en medio de sudor y placer, noche y caos, licor e inconciencia. Entre canción y canción, la pareja limeña me contó que eran economistas y que estaban de paseo. Se me presentaron como “Los enamorados”. En Perú, el enamorado, es el novio. Para ellos el novio es una relación que implica un poco más de compromiso, es decir que estaban en el primer estadio (en el mejor a mi modo de ver)
Empecé a mirar el reloj más que de costumbre, horas más tarde debía estar lista a las 6 a.m. El Valle Sagrado me esperaba y según Iván era fuerte la subida. 1:00 a.m. Irse en estos momentos era más que un sacrificio. Me dije “1/2 hora más”. Pronto caí en cuenta que eran las 2:00 a.m. Le digo a Carlos que me debo ir. Le cuento la razón y me dice que él no ha dormido nada, que no me va a dejar ir. Me río y sin voluntad, sigo bailando. Cuando estaba a punto de fugarme, suena nada más y nada menos que Cali Pachanguero. ¡No señores! ¡Esto ya no es posible! me devuelvo gritando, voy hacia donde Carlos – Peruano – limeño pero radicado hace mucho tiempo en Venezuela - me dice “¡Te ibas a ir cazadora!” Me río, le digo que esa canción es de mi ciudad y que por nada del mundo la voy a dejar de bailar, acto seguido sonó de La charanga habanera “Rosa Rosa, tu estás muy buena pa’ un choque e’ bolas”, y cómo mandada a pedir “A comer pastel, a comer lechón, arroz con gandule y a beber ron” . Total, me dieron las 3:00 a.m. Salí como la cenicienta, miré la hora, asustada, sin dejar rastro, sin comunicar la partida, huí.
Afuera llovía. Por las calles se escuchaba el eco musical de la noche, diversidad de fiestas confluían en el mismo espacio, pude disfrutar un tramo de la plaza con “Voy a salir a caminar solito, sentarme en un parque a fumar un porrito y mirar a las palomas comer, el pan que la gente les tira” Se trataba de Calamaro, a esa hora, él desde uno de los bares – pub se hacía presente en el centro del universo. Poco a poco me dejé empapar por la lluvia, caminé extasiada, sintiendo profundamente la noche. Al llegar al hostel, Iván se despierta, lo primero que me pregunta es – ¿Estás borracha? – No, sólo estoy contenta – le dije- . Acordate que en dos horas hay que levantarse – Me dice – ¡Como si no lo supiera! (pensé) Sin fuerzas, me acosté, muda, sin responder. A veces me parecía tan amargo como su equipo de fútbol: Vélez. Mientras que en la ciudad del Imperio Incaico, las horas que le quedaban a la madrugada me preparaban poco a poco para el gran día. ¡Por hoy, bienvenido seas espíritu del sueño!
martes 22 de enero de 2008
Qosqo: el ombligo del mundo
31 de enero de 2007
Habíamos llegado a Cusco hacía tres días. Y era tanto por decir, desde la misma llegada que había sido a las 5:30 a.m. A esa hora Cusco dormía, las calles empedradas vacías. En el Terminal nos despedimos de Javier. Seguimos los dos en busca de un hostel. Nos bastó visitar tres lugares para darnos cuenta cuál hospedaje queríamos. Inti pakarina, ahí estuvimos. Es medio “choto” como dice Iván, pero era lo que menos me importaba. Al descargar maletas, fuimos en busca de un desayuno. Llegamos a donde “Las monjas” se trataba de una panadería exquisita que tenían unas monjas. Y era en efecto fabuloso, siempre tenían pan caliente, tortas, pasteles, dulces irresistibles y para colmo, muy económicos. Luego de comer fuimos a “cuadrar” el viaje a Machu Pichu. Nuestra idea era llegar lo más pronto para pasar la noche del 31 en Cusco, pero al estar frente a la chica que vendía tiquets de tren, nos dimos cuenta que se estaba complicando la cosa. No habían pasajes para el 28 tal y como lo habíamos pensado. Soledad, la señora que se encarga del hostal nos acompañó y ella, moviendo contactos aquí y allá logró un pasaje para el 31, ida y vuelta el mismo día. En ese momento el itinerario de Cusco quedó definido: 1 día caminar los lugares comunes, 2 : city tour, 3: Pisac, Ollantaytambo, Chinchero, 4: Machu Pichu.
Se trataría entonces de un intenso fin de año. Llegaríamos directo a La plaza de armas a celebrar el nuevo año con una especie de carnaval.
Si pienso en el pasado, nunca imaginé que iba a despedir el siguiente año en este nivel de aventura, ni mucho menos en Machu Pichu. En lo particular un alegría interna recorre mi cuerpo y siento que voy a estallar en mil pedazos. Es un sueño, a veces pienso que voy a despertar, pero todo es tan real.
Una vez tuvimos la certeza de los tíquetes nos fuimos a recorrer Cusco. Su gente y el mismo pueblo guarda un nivel de sincretismo único, las dos religiones, los idiomas, las costumbres, era como si ese pueblo Inca hubiese forjado más que una civilización, una capacidad para ser diversa. El pueblo cusqueño – podía observar – no discriminaba nada, todo extranjero, toda costumbre era bienvenida, siempre hay una sonrisa, siempre una disposición afable. Y lo que es más asombroso, la cultura se mezcla más no se pierde. No logro comprender bien cómo pasa este fenómeno, pero hay un nivel de armonía y apersonamiento como no lo había logrado ver en el continente. Cuando estuvimos en la Terminal de Tacna, pregunté a Javier qué se sentía ser peruano: y sin dudarlo dos veces me dijo: “es un orgullo”. Al llegar a Cusco lo comprendí. El primer día, al caminar sus calles y sentirme en un lugar muy común. Cusco…¡Me quito el sombrero!
Segundo día:
El día anterior no había sido muy productivo, nos acostamos a las nueve de la noche, debido a que atrás habíamos dejado cuarenta y cinco horas de viaje en bus, el cansancio me pudo (no todos los caminos lleva a Machu Pichu) y opté por despertarme temprano.
5: 30 a.m ¡a escribir!
Al levantarme, cuatro horas después salimos a desayunar. Donde las monjas. Para llegar allá debíamos atravesar la plaza Espinar, la Av. El sol, seguidamente La plaza de armas, y subir por La Cuesta de San Blas. A pocos minutos de subida, a mano izquierda estaba la maravilla del hojaldre. Aunque no supiera cómo llegar, el olor me llevaría. A eso de las 8 de la mañana, ya listos, había mucha variedad de hojaldre, dulce, salado, pero eso sí, caliente, recién hecho, era como la casa de dulces de Hansel y Grettel, podía morir encantada.
Nidia, la chica que nos atendía, siempre nos recibía con una sonrisa. Con 15 años, atendía, servía y hacía las cuentas. Constantemente se confundía, hacía cálculos inferiores a la sumatoria real. Cuando le corregía se reía, decía “Es que me equivoqué” ocultaba algunos céntimos de sol, tampoco era mucho, pero sumando, sumando, se pierden muchas cantidades. El lugar, era una casa de dos pisos. En el primero estaban las vitrinas y los hornos, en el segundo las mesas. No miento, comíamos como si el mundo se fuera a cabar. Rodando calle abajo salíamos. Tranquilamente podía comer: pan queso, pañuelo (pan de hojaldre, cuadrado, bañado en mermelada de fresa, relleno de arequipe), manjar de chocolate con pisco y un café intenso. Todo eso, en la misma mañana.
Una vez logramos salir del encanto del dulce, hicimos las vueltas correspondientes: Internet, conversar del viaje ¿Hacia dónde nos dirigimos luego? Revisando noticias a las 13: 30 salimos para el city tour. Dos días habían bastado para darme cuenta que Cusco estaba lleno de argentinos, brasileros y japoneses. La muestra: en el city tour, Iván conversó con cuatro chicos que resultaron viviendo a dos cuadras de su casa, trataba nada más y nada menos del grupo de rock Andando descalzo, una banda con un recorrido importante según cuenta Iván.
Habíamos llegado a Cusco hacía tres días. Y era tanto por decir, desde la misma llegada que había sido a las 5:30 a.m. A esa hora Cusco dormía, las calles empedradas vacías. En el Terminal nos despedimos de Javier. Seguimos los dos en busca de un hostel. Nos bastó visitar tres lugares para darnos cuenta cuál hospedaje queríamos. Inti pakarina, ahí estuvimos. Es medio “choto” como dice Iván, pero era lo que menos me importaba. Al descargar maletas, fuimos en busca de un desayuno. Llegamos a donde “Las monjas” se trataba de una panadería exquisita que tenían unas monjas. Y era en efecto fabuloso, siempre tenían pan caliente, tortas, pasteles, dulces irresistibles y para colmo, muy económicos. Luego de comer fuimos a “cuadrar” el viaje a Machu Pichu. Nuestra idea era llegar lo más pronto para pasar la noche del 31 en Cusco, pero al estar frente a la chica que vendía tiquets de tren, nos dimos cuenta que se estaba complicando la cosa. No habían pasajes para el 28 tal y como lo habíamos pensado. Soledad, la señora que se encarga del hostal nos acompañó y ella, moviendo contactos aquí y allá logró un pasaje para el 31, ida y vuelta el mismo día. En ese momento el itinerario de Cusco quedó definido: 1 día caminar los lugares comunes, 2 : city tour, 3: Pisac, Ollantaytambo, Chinchero, 4: Machu Pichu.
Se trataría entonces de un intenso fin de año. Llegaríamos directo a La plaza de armas a celebrar el nuevo año con una especie de carnaval.
Si pienso en el pasado, nunca imaginé que iba a despedir el siguiente año en este nivel de aventura, ni mucho menos en Machu Pichu. En lo particular un alegría interna recorre mi cuerpo y siento que voy a estallar en mil pedazos. Es un sueño, a veces pienso que voy a despertar, pero todo es tan real.
Una vez tuvimos la certeza de los tíquetes nos fuimos a recorrer Cusco. Su gente y el mismo pueblo guarda un nivel de sincretismo único, las dos religiones, los idiomas, las costumbres, era como si ese pueblo Inca hubiese forjado más que una civilización, una capacidad para ser diversa. El pueblo cusqueño – podía observar – no discriminaba nada, todo extranjero, toda costumbre era bienvenida, siempre hay una sonrisa, siempre una disposición afable. Y lo que es más asombroso, la cultura se mezcla más no se pierde. No logro comprender bien cómo pasa este fenómeno, pero hay un nivel de armonía y apersonamiento como no lo había logrado ver en el continente. Cuando estuvimos en la Terminal de Tacna, pregunté a Javier qué se sentía ser peruano: y sin dudarlo dos veces me dijo: “es un orgullo”. Al llegar a Cusco lo comprendí. El primer día, al caminar sus calles y sentirme en un lugar muy común. Cusco…¡Me quito el sombrero!
Segundo día:
El día anterior no había sido muy productivo, nos acostamos a las nueve de la noche, debido a que atrás habíamos dejado cuarenta y cinco horas de viaje en bus, el cansancio me pudo (no todos los caminos lleva a Machu Pichu) y opté por despertarme temprano.
5: 30 a.m ¡a escribir!
Al levantarme, cuatro horas después salimos a desayunar. Donde las monjas. Para llegar allá debíamos atravesar la plaza Espinar, la Av. El sol, seguidamente La plaza de armas, y subir por La Cuesta de San Blas. A pocos minutos de subida, a mano izquierda estaba la maravilla del hojaldre. Aunque no supiera cómo llegar, el olor me llevaría. A eso de las 8 de la mañana, ya listos, había mucha variedad de hojaldre, dulce, salado, pero eso sí, caliente, recién hecho, era como la casa de dulces de Hansel y Grettel, podía morir encantada.
Nidia, la chica que nos atendía, siempre nos recibía con una sonrisa. Con 15 años, atendía, servía y hacía las cuentas. Constantemente se confundía, hacía cálculos inferiores a la sumatoria real. Cuando le corregía se reía, decía “Es que me equivoqué” ocultaba algunos céntimos de sol, tampoco era mucho, pero sumando, sumando, se pierden muchas cantidades. El lugar, era una casa de dos pisos. En el primero estaban las vitrinas y los hornos, en el segundo las mesas. No miento, comíamos como si el mundo se fuera a cabar. Rodando calle abajo salíamos. Tranquilamente podía comer: pan queso, pañuelo (pan de hojaldre, cuadrado, bañado en mermelada de fresa, relleno de arequipe), manjar de chocolate con pisco y un café intenso. Todo eso, en la misma mañana.
Una vez logramos salir del encanto del dulce, hicimos las vueltas correspondientes: Internet, conversar del viaje ¿Hacia dónde nos dirigimos luego? Revisando noticias a las 13: 30 salimos para el city tour. Dos días habían bastado para darme cuenta que Cusco estaba lleno de argentinos, brasileros y japoneses. La muestra: en el city tour, Iván conversó con cuatro chicos que resultaron viviendo a dos cuadras de su casa, trataba nada más y nada menos del grupo de rock Andando descalzo, una banda con un recorrido importante según cuenta Iván.
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